Día Nacional del Voluntariado

Hoy, 4 de octubre, felicitamos a todos los voluntarios que trabajan de forma incansable y desinteresada por el bienestar y la mejora en la calidad de vida de nuestros pacientes. El Día Nacional del Voluntariado se eligió en homenaje a San Francisco de Asís, patrono del voluntario hospitalario. En este marco, algunos de los voluntarios que concurren a ALPI compartieron sus experiencias.

Susana Giobergia es una de nuestras compañeras más antiguas. Con más de 10 años en la institución, su tarea consiste en ayudar a los pacientes a transitar los momentos más difíciles de su rehabilitación y también a sacarles una sonrisa. Luego de jubilarse como maestra en una escuela de recuperación (donde trabajó por 30 años), se acercó a ALPI a través de María Cazenave, coordinadora del equipo de voluntarios.

“Siempre tuve la intención de hacer alguna actividad de este tipo; es algo que tenía pendiente”, reconoce. Pero cuando empezó como voluntaria, no lo hizo sin miedo. No sabía cómo podría reaccionar ante la enfermedad de otras personas y si tendría la fuerza necesaria para ayudarlas. “Empecé con mucho entusiasmo. Me di cuenta de que uno brinda su tiempo y su cariño pero recibe mucho más de lo que da. Es cuestión de animarse y tomar la decisión”. Susana, como muchos otros voluntarios, va a la hora del almuerzo para ayudar a los pacientes a comer, darles una caricia, un beso o una sonrisa. Y también para escuchar a sus familiares.

Con miles de experiencias vividas en un lustro que le llena el corazón, Susana recuerda muchas anécdotas: “En una oportunidad, entré en la habitación de un muchacho que no caminaba por una lesión en la columna, como consecuencia de un accidente en moto. Estaba desesperado porque quería estar bien por sus tres hijos. Cuando lo vi, me agarró la mano y me pidió por favor que rezara junto a él. Eso me conmovió mucho”. A través de estas vivencias, que crean vínculos permanentes con los pacientes, Susana siente que está al lado de Dios.

El caso de Beatriz Cuyás, otra de las voluntarias, es diferente. Ella hace sólo seis meses que forma parte del equipo. Pero su motor es similar al de Susana. Ella tiene la necesidad de “hacer algo por los otros” como retribución por todo lo que recibió en la vida. Su función es la misma. Dos veces por semana, asiste en la alimentación de las personas que más lo necesitan. Y también como Susana, esto le brinda la oportunidad de vincularse y transmitirles algo positivo a los pacientes y a sus familiares.

Como recompensa, Beatriz tiene una mayor conciencia de la vida. “Salgo de mi mundo, me abro a otra realidad y me acerco a otros desde un lugar de humildad y comprensión. Esto nos hace más humanos y nos permite darnos cuenta de que todos somos uno y que a cualquiera de nosotros nos puede pasar algo similar”.

Su anécdota personal involucra a un paciente al que conoció muy limitado, tanto en el habla como en su capacidad motriz. Siempre lo veía acostado y con alimentación artificial. Algunas semanas atrás, volvió a ver a ese hombre pero esta vez en una silla de ruedas y junto a su esposa. Podía escuchar y seguir la conversación, y al final del encuentro la invitó a comer un asado en su casa. ¡¡Ya podía hablar!! De esta forma, Beatriz tuvo el “privilegio de ser testigo de lo que puede hacer el amor a una persona cuando más lo necesita”.

Susana y Beatriz no son superheroínas, tampoco son hadas madrinas ni tienen poderes mágicos. Son dos personas comunes que caminan por las calles de Buenos Aires como todas las demás y que, algunas veces por semana, con su compañía, palabras, caricias y vocación, hacen que las vidas de las personas que sufren tengan un poco más de luz.

Si querés formar parte del equipo de voluntarios de ALPI completá el formulario en nuestro sitio web: ¿Cómo ser voluntario?


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